sábado, 14 de julio de 2012
Llorar ya no sirve.
Auriculares. Música alta. Muy alta. Más alta. Pero nada. No puedes conseguir evadirte. Tus pensamientos, cuánto más alta suena la música, más chillan. Y cierras los ojos. Y por un segundo, crees que podrás dejar de pensarlo, pero de repente millones de recuerdos pasan por delante de tus ojos, aún cerrados, una sucesión de recuerdos plasmados en papel, una película de momentos, de colores, de sabores, de olores, pasa por tu mente. Y respiras muy fuerte, tan fuerte que cuando quieres dejar el aire, cuesta. Abres lo ojos, pero, inevitablemente una gota dulce y vergonzosa, baja lentamente rozando tu piel, tus mejillas aún rojas, y notas la dulzura, el frío de esa gota que acaricia tu piel, fina y suave. Y produce en ti, un escalofrío. Estremeces. Sientes que por un segundo te haces muy pequeña, casi imperceptible, sientes que dejas de existir. Mueves tu pelo, restriegas tus puños cerrados por tus ojos con delicadeza. Efectivamente, llevas dormida dos horas. Te incorporas. Notas tus mejillas secas, las lágrimas habían dejado marca. Lo piensas por última vez, y notas que vuelve esa película de recuerdos. Pero ya no duele. Ya no hace daño. Y ahí, sólo ahí, sabes que así tiene que quedar. Sin darle más vueltas comprendes, que si así es, así debe ser.
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